Buscando Vida

Ayuda de los que se acuerdan de la necesidad

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Su nombre es Areli, y es una joven guapa de El Salvador. Trabaja en Walmart manejando una máquina para mover cosas pesadas. Para aumentar sus ingresos, porque es madre soltera, limpia casas en sus días libres. Su familia está bien establecida en una amplia comunidad salvadoreña en Houston, Texas. Su Mamá y un hermano también viven allí.

Se mantienen al día de las noticias de su tierra. Por eso se dieron cuenta de lo que pasó el 14 de abril en el cantón de Soledad en Cuscatlán en El Salvador, pandilleros asesinaron al padre y al hijo mayor de una familia de 10 hijos. Ellos eran el pilar económico de la familia, cultivando un pequeño terreno y ordeñando las vacas de los vecinos.

La familia quedó en pobreza enorme. Por la televisión, Areli, su familia y otros salvadoreños en Houston vieron que la familia vivía en una choza sin camas, mesa, sillas u otros muebles. Decidieron ayudar. Areli contribuyó parte de sus ingresos.

Su Mamá, dueña de una casa en El Salvador, donó camas, una mesa y otros muebles. Otros dieron dinero, en total más de $1000. Para el día de la madre, ciudadanos liderados por Édgar González, entregaron a la viuda María y a su familia, comida, ropa y otras cosas. Vecinos la felicitaron con una rosa y un obsequio.

“Me siento bendecida porque hasta la fecha Dios no me abandona”, respondió María, según ElSalvador.com. “Dios está conmigo y mis hijos. Por eso quiero expresar mis agradecimientos a todas las personas que me han apoyado en estos momentos. A cada una les quiero decir que recibirán su recompensa desde el cielo”, expresó María en sollozos, mientras cargaba a uno de sus hijos más pequeños. La viuda relató que su ahora hijo mayor, trabajará un pedazo de tierra que le alquiló un vecino. Y ahí piensa sacar un poco de granos básicos para la comida. Con otra ayuda, comprará lo necesario para sobrevivir.

“No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Debemos seguir trabajando y mis hijos deben seguir estudiando”, dijo la viuda. La compasión de los salvadoreños inspira porque ellos fácilmente podrían excusarse con el reclamo que también son víctimas.

Muchos de ellos vinieron como refugiados en las últimas décadas del siglo 20, huyendo de tremenda violencia política, incluso masacres y asesinatos. En Casa Juan Diego en Houston, Texas, donde miles recibieron refugio, describían la terrible caminata hacia Estados Unidos, los varones a menudo sufriendo robo y las hembras a veces violadas.

Quizás esta gente puede actuar generosamente porque recuerdan cuando alguien les ofreció la mano. En Casa Juan Diego, médicos y otro personal médico contribuían servicios gratis, como también abogados que ayudaban a los refugiados con el proceso de legalizarse. Allí también recibían ayuda para encontrar vivienda y no tener que vivir en la calle.

Estos días, estos refugiados del pasado podrían reclamar creíblemente que son víctimas de un sistema de inmigración que no funciona y obliga a los indocumentados a vivir en las tinieblas, condenados a trabajar por sueldos bajos y sufriendo otros abusos por los patrones.

Sin embargo, no hay mentalidad de víctima en el pueblo salvadoreño. Hay una disposición optimista que les permite, a pesar de las dificultades, ayudar a sus hermanos y hermanas en su patria. De una visita a Casa Juan Diego y entrevistas por teléfono después, lo más claro que me queda es lo que dijo una de las directoras: “No encuentras lastima de sí mismo en esta gente”.

El mito de la persona autosuficiente que se sube sola, jalando las correas de sus propias botas y por esa razón no está obligada ayudar a nadie es solamente eso: un mito. Pero es en el Evangelio del buen Samaritano, el que ayuda al prójimo, donde encontramos algo que nos desafía a todos.