Hace unos meses, en una mañana de domingo, salía de la iglesia Blessed Sacrament en Providence después de haber cantado en dos misas en inglés. Mientras manejaba para llevar a mi hija Gaby a una reunión con sus amigas, vivimos una experiencia que aún hoy me hace reflexionar profundamente. A mitad de camino, al llegar a una esquina, vimos a un hombre tendido en el suelo, estremeciéndose de manera preocupante. Parecía estar sufriendo una sobredosis de drogas.
Mi hija y yo nos miramos, conmovidos y también un poco paralizados. Durante unos segundos no supimos qué hacer. Nos preguntamos si quizás alguien más ya habría llamado al 911. Sin embargo, una inquietud no me dejaba tranquilo: ¿y si éramos los primeros en verlo? ¿Y si otros autos ya habían pasado de largo, indiferentes ante su sufrimiento? En ese instante me vino a la mente la parábola del buen samaritano y entendí que no podíamos seguir nuestro camino como si nada.
Decidimos llamar al servicio de emergencias, describiendo lo que estaba ocurriendo y dando la ubicación exacta. Luego continué con el plan inicial y dejé a mi hija en otra iglesia, donde se encontraría con sus amigas. Al regresar por la misma ruta, unas diez cuadras después, me llenó de esperanza ver que los bomberos y la ambulancia ya estaban en el lugar. El hombre que minutos antes estaba convulsionándose ahora se encontraba sentado, alerta y recibiendo ayuda.
En mi corazón sentí que, tal vez, ese día contribuimos a salvar una vida.
Esta experiencia me recordó cuán fácil es para nuestra sociedad volverse indiferente al sufrimiento de los demás. Vivimos tiempos donde muchos están aislados, heridos, luchando contra adicciones, pobreza, depresión o soledad. Por eso, en este tiempo de Navidad —y especialmente en un país donde vemos tantos desafíos humanos en nuestras propias calles— necesitamos más que nunca recuperar el verdadero sentido del Evangelio.
Jesús nos lo dejó claro en Mateo 25: Él se identifica con el que tiene hambre, con el que está enfermo, con el forastero que necesita acogida, con el que está al borde del camino esperando una mano que lo levante. La fe cristiana no se demuestra solo dentro del templo, sino en la capacidad de detenernos, ver y actuar. Ser cristiano es hacer presente la compasión de Dios allí donde otros solo ven problemas o molestias.
Además, me gustaría recordarles que la Navidad no termina en la Nochebuena. La liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Encarnación durante varias semanas: desde la Octava de Navidad, pasando por la Epifanía, hasta llegar a la Fiesta de la Presentación del Señor el 2 de febrero. Es un tiempo prolongado para dejarnos transformar por el amor que Dios nos mostró haciéndose niño, frágil y cercano.
Nuestra ayuda puede ser colaborando tu parroquia generosamente con la ofrenda semanal, y donando a un banco de alimentos, comedor comunitario u otra causa cercana a tu corazón. Asimismo, no nos olvidemos de los más pobres del mundo que viven en extrema necesidad y que puedes ayudar a través de la agencia de los obispos católicos estadounidenses para la ayuda humanitaria internacional CRS (Catholic Relief Services).
Recordemos estas palabras, a veces atribuidas a la Madre Teresa: El que no vive para servir, no sirve para vivir.
Por eso, la Navidad continúa cada vez que extendemos la mano a alguien que sufre; cada vez que damos la bienvenida al extranjero, acompañamos al enfermo o alimentamos al que tiene hambre. Continúa cuando elegimos ver a Cristo en los más pobres entre nosotros. Continúa cuando rompemos la indiferencia y nos convertimos en instrumentos de esperanza.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser buenos samaritanos modernos, y que cada día, no solo en Navidad, podamos decirle a Jesús: “Aquí estoy para servirte en mis hermanos más pequeños.”